Historia del Teatro Nacional Eduardo Brito

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Inicios del proyecto

El Teatro Nacional de Santo Domingo, como fue llamado en un principio, fue construido luego de una extensa y ardua labor de investigación en los principales teatros del mundo, en la que se recabaron técnicas, criterios y conceptos necesarios para determinar las características que debía tener el de la República Dominicana. Al final de los años sesenta, la edificación de un teatro que reuniera las cualidades máximas para el despliegue de las manifestaciones artísticas más exigentes era una aspiración antigua entre los dominicanos. Un teatro así daría cabida al arte mundial y, al mismo tiempo, pondría en manos de los artistas nacionales un exigente instrumento que aguijonearía la creatividad y la voluntad de que han dado prueba siempre. En 1970, el entonces Presidente de la República, Joaquín Balaguer, designó la tarea de construcción del teatro al arquitecto Teófilo Carbonell. Antes de trazar las líneas que darían vida a nuestro teatro, el arquitecto observó y estudió los mejores teatros del mundo. Recorrió Europa y América, observando las diferentes concepciones y criterios a la hora de planear y construir este tipo de edificación. Tuvimos como referencia los teatros de Colombia, Nicaragua, Costa Rica y Guatemala. También la ilustre tradición europea, que se fue haciendo tangible en los teatros de España, Suecia, Dinamarca, Suiza, Alemania, Holanda y Austria. Por último, las mejores salas de Estados Unidos completaron las expectativas del arquitecto quisqueyano.

Ese recorrido preparatorio ha despertado la curiosidad por saber qué se tomó de cada teatro visto, y las especulaciones en torno a la oriundez de las soluciones empleadas en el Teatro Nacional han florecido con toda libertad. Si unos dicen que la sala del teatro dominicano fue tomada del Auditórium de Palma de Mallorca, España, otros afirman con toda propiedad que el escenario es igual al del Lincoln Center, Estados Unidos, y no faltan los que debaten acaloradamente si la acústica lograda en tierras caribeñas proviene del colombiano Manizales o del muy tecnificado teatro de Ginebra, en Suiza.

Todo teatro hereda infinidad de rasgos probados por la tradición. El arquitecto Carbonell organizó su viaje a partir de una inteligente fórmula de trabajo: observar en cada teatro visitado aquellas cosas que no habían sido resueltas con eficacia y, sobre todo, hablar con los técnicos que trabajaban directamente vinculados al escenario, pues son ellos quienes conocen a la perfección cual solución empleada resulta efectiva y cuál no. Carbonell concibió el diseño de un teatro que, de acuerdo con el presupuesto disponible, encarnara en sus dimensiones, maneras y elementos las mejores y más avanzadas técnicas mundiales para la construcción de ese tipo de instalación, una irrenunciable y autentica dominicanidad y, precisamente por todo ello, constituyera una obra funcional, perdurable y bella. Así, se materializó nuestro teatro en una arquitectura monumental, con fuertes reminiscencias clásicas, que expresa una imagen sólida, imponente, al tiempo que abierta y asequible, como ha de ser el abrazo del arte. La construcción, que duró aproximadamente tres años, fue muy difícil por la complejidad de la obra, y se hizo con el empleo de materiales dominicanos, donde predomina el mármol, la caoba, el yeso y el ónix. Cada paso de su ejecución estuvo dirigido por el arquitecto Carbonell, quien contó con la colaboración de los ingenieros estructurales William Read y Juan Manuel Bonetti. El Teatro Nacional fue inaugurado el 16 de agosto de 1973, por el presidente Joaquín Balaguer con la presencia de distintas personalidades de la época tanto nacional como internacional. Ese día iniciaba el llamado Festival de Inauguración con un programa que incluía teatro, ópera y ballet, entre otros géneros artísticos. La edificación fue bautizada con el nombre de Eduardo Brito en el año 2006, bajo decreto presidencial, para honrar la memoria del emblemático barítono dominicano.

Sus tres salas acogen renombradas figuras del arte mundial y nativo, tanto en la música como en la danza y en el teatro, así como a admiradas agrupaciones de las más diversas conformaciones. En el transcurrir del tiempo, en los escenarios del Teatro Nacional Eduardo Brito han desfilado grandes personajes del arte mundial en todas sus manifestaciones. La majestuosa edificación, circundada por hermosos jardines y áreas verdes, se yergue en el lado oeste de la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, en Santo Domingo. (Algunos datos y textos de este relato han sido tomados del libro “Veinticinco años de Teatro Nacional”)

Eduardo Brito: El Barítono de siempre

Eduardo Brito (su verdadero nombre era Eleuterio Brito) nació en Puerto Plata en 1906. Oficialmente se conoce su fecha de nacimiento como el 22 de enero, aunque existen dudas sobre la exactitud del dato.

Brito tuvo una niñez muy pobre. Trabajó como limpiabotas, dulcero, aprendiz de boxeador, etc., pero a medida que su voz se revelaba extraordinaria, su vida fue tomando otros rumbos.

Su mundo limitado de serenatas y canciones entre amigos, se ensanchó rápidamente desde que en 1926 se puso bajo la protección artística del maestro Julio Alberto Hernández.

En 1927, en un banquete ofrecido al doctor José Dolores Alfonseca y al licenciado Abigaíl Montás, se dio a conocer a la prensa capitaleña. Participó con un programa a base de canciones y trozos de operetas.

La reseña publicada entonces por el Listín Diario, dice: “Ignorábamos que existiese en Santo Domingo un cantante de sus condiciones. Y lo más extraordinario del caso es que no posee ninguna cultura musical. En él todo es instintivo, espontaneo, innato. Ha sido una verdadera revelación”

En 1928 conoció a la vedette Rosa Elena Bobadilla, que habría de convertirse en su esposa y compañera inseparable.

En ese mismo año, con la dirección de Don Luis Rivera se monta el Cuarteto de Rigoleto de Verdi. Son escogidos para la representación Eduardo Brito, Susano Polanco, Catalinita Jáquez y Petrica Comprés. La función es un éxito. Es el primer gran triunfo al más alto nivel profesional del gran astro. La función tuvo lugar el 28 de septiembre de 1928, en el Teatro Ideal de la ciudad de Santiago.

Brito estudió con el maestro Serafini, quien le instó a que renunciara al canto popular y se consagrara al estudio de la técnica vocal, música, idiomas, etc. Pero Brito no podía entregarse al estudio, debido a las obligaciones familiares que había contraído. Sus dotes naturales le permitieron usar una extensa tesitura de barítono, que a veces alcanzaba la altura de tenor.

En 1932, Brito formó parte, como una de las figuras estelares, de una compañía creada por el pianista y compositor cubano Eliseo Grenet para debutar en España. Viajó entonces por varios países de América y Europa, deleitando con su arte.

En 1944, en la clínica Mayo, de Estados Unidos, le fue diagnosticada la fatídica enfermedad mental (sífilis cerebral) que acabaría con la fulgurante carrera artística de Brito, quien se reintegró a la patria, pero ya no era el mismo hombre. En mayo de ese año regresa Brito para no irse más de su amada Quisqueya.

A través de lo escrito por Julio González Herrera en su libro “Cosas de locos”, se consignan los últimos instantes de la vida del genial artista:

A las dos de la mañana (5 de enero de 1946) alguien oyó el susurro turbio y melancólico de una voz que parecía de caverna… ¡Virgen de la Altagracia!.. Y a continuación una serie de palabras disparatadas dichas en un inconsciente balbuceo.

A las cinco de la mañana uno de los barrenderos gritó a voz en cuello: “¡Murió Brito, ya salimos de ese locazo!”

Fue un día lluvioso; en la noche, 32 personas presenciaron su entierro.

(Adaptado de la Enciclopedia Dominicana, Tomo I, pp 287 y 288; y del Fichero Artístico Dominicano, de Jesús Torres Tejeda, pp 39 a 49).